miércoles 28 de octubre de 2009

Pensamientos en voz alta II

El hombrecito del semáforo se pone en rojo. Me detengo, justo antes de dar el primer paso sobre la calle. Vuelvo a pisar el cordón de la vereda y quedo mirando la senda peatonal. Un cúmulo de rectángulos blancos que marcan el camino. Giro mi cabeza hacia la izquierda, no vienen autos, pero no cruzo. Podría, pero no lo hago. Sin embargo otras personas sí lo hacen. La gente me pasa por los lados a toda velocidad, alguno que otro me roza en su paso, como si fuera una rama molesta en su camino. Los que vienen de frente me miran raro, muy raro. ¿Qué hay de raro? Pienso. ¿Tiene algo de raro respetar una norma?, ¿Porqué el ser humano constantemente busca desafiar?, ¿qué pretende demostrar?, ¿que pueden con todo? Puede ser el semáforo, hacerse una cirugía estética, embriagarse hasta quedar inconsciente, construir la torre mas alta en el lugar menos esperado, o cualquier otra cosa, no importa. Pero la necesidad de desafío está. Es como una especie de instinto violento el que inspira sus acciones. Un instinto que viene heredado de un hombre prehistórico que vivía en un mundo sin reglas. Otro mundo. Otro hombre. ¿Qué gratificaciones pueden darnos el atentar contra nuestra propia existencia?, ¿el ser más que otros?, ¿más que uno mismo?. Y no se trata de una simpleza, se trata de indagar sobre la conducta de un ser que destruye. Somos la causa de nuestra propia destrucción y no nos damos cuenta. En un mundo en donde lo único que nos interesa es tener la respuesta a todo, en donde la competencia, la urgencia, la violencia, toma mate con nosotros en la plaza, o nos invita a su cumpleaños, resulta algo complejo frenar y pensar a dónde estamos yendo.

lunes 21 de septiembre de 2009

La necesidad


Necesito salir corriendo. No sé bien en qué dirección, cualquiera supongo, pero correr. Correr tan rápido como pueda, tan rápido que consiga dejarme atrás por un instante. Aprovechar que me pierdo de vista y esconderme de mí. Y correr. Correr hasta cansarme, hasta quedar sin aire y totalmente exhausto, hasta sentir que el corazón late tan rápido que se transforma en un zumbido constante. Correr, correr, correr y no parar, hasta que por fin llegue a algún lugar, y pueda reencontrarme conmigo otra vez.

lunes 6 de julio de 2009

Pensamientos en voz alta I

Vivimos en un mundo plagado de hermanastras de Cenicienta. Personas que intentan encajar en un zapato en el que no caben. Gente que a la fuerza quiere meterse en un molde que no fue hecho para ellos. Rotularse, titularse, ser un nombre en el cartel de la puerta de una oficina, ser alguien a partir de algo, un hecho ajeno, externo. Somos Mateos que caminan por inercia, que hacen por inercia, que sienten por inercia, manejados por el simple hecho de intentar encajar. Sentir la aprobación, el diez felicitado, la palmadita en la espalda. Nos paraliza el fracaso, nos deprime el error, nos demuele el rechazo. A toda costa, a como dé lugar intentamos ser los mejores, ver quien la tiene más grande, competir, satisfacer nuestro ego a cualquier precio.
Nos cuesta demasiado detenernos y escucharnos, ver que es lo que nuestro cuerpo nos pide, lo que nuestra pasión nos reclama. Minimizamos cualquier tipo de alerta que nos dispara el alma, porque creemos que de los sueños no se vive. Quizás tengan razón, quizás los sueños no nos depositen un sueldo a fin de mes, nos compren una casa o nos den la familia ideal, pero los sueños nos dan la posibilidad de entender que cualquier cosa se puede, que lo más lejano se hace cercano si nuestra pasión y nuestro cuerpo están de nuestro lado, y que nada, absolutamente nada es más obstáculo que uno mismo, y que cuando uno se corre de su propio camino, las cosas, sencillamente pasan
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martes 26 de mayo de 2009

El Después

Decidí bajarme unas cuadras antes para ir calmando mi ansiedad y mi ritmo cardíaco. Camino lento, lentísimo, como una persona en rehabilitación motriz. Doy un paso, respiro, otro, y un poco mas de aire entra en mis pulmones, permitiendo oxigenarme, y así seguir mí marcha atortugada. El barrio me mira. Los frentes de las casas me reconocen, lo sé. No me miran con cara rara como si fuera un extraño, más bien con ganas de preguntarme como estoy tanto tiempo. Los barrios como las personas tienen un aroma particular, una especie de huella dactilar perfumada que los hace únicos. Creo que si me hubieran traído con los ojos cerrados podría reconocer donde estoy. Camino, pero no levanto mucho la cabeza y si lo hago, miro al suelo. Siento una vergüenza que no encuentra motivos, pero está. No sé si quiero dar explicaciones, no sé si las tengo.
Llego a la puerta del edificio. Tres vecinas están del otro lado de la puerta de vidrio charlando. Se las ve risueñas. Las miro y me miran. Saco el manojo de llaves y atino a abrir, pero Angelita se adelante y me abre. “Gracias” le digo, y comienzo a caminar por el pasillo sin levantar la cabeza, como intentando contar cada uno de los granitos incrustados en las baldosas. La colorada del doce detiene mi marcha con un “¿de qué departamento sos?”. Me detengo y giro lentamente la cabeza. Pensé en putearla, en darme vuelta y decirle “qué carajo te importa! ¿Cuántas veces más me lo vas a preguntar?”. Pero no. Contuve mis ganas, y dejé que la cortesía tome el control. Si fuera sincero debería decirle que de ninguno, pero eso me llevaría a tener que explicarle que es lo que hago ahí, y la verdad, no me interesa que lo sepa. Por esta vez prefiero mentirle. “Del catorce” le contesto. Las mujeres continúan balbuceando cosas acerca de mi procedencia, Angelita dice que me vio varias veces tendiendo la ropa en la terraza, y a medida que voy subiendo los escalones, las voces van desapareciendo, y la melodía de mis pasos es la que musicaliza mi subida.
Por fin llego al tercero. Las manos me tiemblan, se me hace difícil embocar la llave en la cerradura. Tantas veces hice esto y hoy, siento ese nerviosismo de la primera vez, esa ansiedad y ese revuelto en el estomago que me paralizan, que idiotiza mis movimientos. Logro meter la llave, dos vueltas, abro, entro, y cierro. Me cuesta caminar, de repente mis pies pesan toneladas y no puedo moverlos. Tengo la intención, pero no hay caso. Es como si tuviese que estar ahí parado, observando todo, siendo testigo de lo que quedó en este derrumbe. Como baldazos de agua los recuerdos se revientan en mi cara, no puedo siquiera abrir los ojos. Apenas termino de incorporarme hay otro, y otro, y otro. Vienen de todos lados, y son tantos, que me ahogan un poco. Me rindo y bajo la guardia. De pronto un silencio invade la casa. Parece que se calmaron. De a poco despego la pera de mi pecho, y levanto la cabeza. Todo está en calma. Muevo uno de mis pies y compruebo que ya no pesa. Comienzo a caminar, recorriendo cada uno de los rincones. Y cuando creí que el ataque había terminado, aparece un baldazo traicionero desde la habitación que me da vuelta la cara, haciéndome tragar el agua de nuestra historia, mojándome aún más de nosotros.
Como puedo me siento en el sillón. Mi vista se nubla. El aire se pone denso y mi capacidad pulmonar se reduce. Tengo que ensanchar la nariz e inspirar profundo para respirar, pero el aire que ingresa es poco. Y esa puntada ahí… justo ahí, en el lugar exacto y estratégico para diseminar con su onda expansiva el dolor a todo el cuerpo. Como duele. Duele tanto que después de un rato ya no se siente, y entonces quedo como anestesiado. Tal vez sea un anticuerpo que desarrollamos para estos casos, no lo sé, pero es mejor que así sea.
Cierro los ojos. Los abro. Intento que un sobresalto me despierte de este mal sueño. Los cierro una vez más, y los vuelvo a abrir. No hay caso, para soñar, primero hay que dormirse, y yo estoy bien despierto. Esto es real. Tan real como que vine a llevarme mis cosas y no entiendo porqué. Tan real como que hasta hace unas cuantas semanas atrás hablábamos de proyectos que nos unían de por vida, y… no sé qué fue de todo eso, se lo tragó la tierra, nos lo robaron sin que nos diéramos cuenta, o está en las islas Caimán. No lo sé, pero existió, de eso estoy seguro.
¿Por dónde empezar?, la ropa, los libros, los cd’s, las chucherías, ¿qué primero? Me siento aturdido. ¿Cómo se empieza cuando hasta la ultima célula de mi cuerpo no entiende que hay algo que terminó? Saldría corriendo en este instante, pero no, es ahora o nunca.
Por fin. Creo que tengo todo, o lo que los ratos de lucidez me permitieron juntar. Hay otras cosas que decidieron impregnarse en las paredes y no hay con qué sacarlas. Ya me quiero ir. Las dejo. Respiro profundo, me calzo la mochila al hombro y voy casi corriendo en dirección a la puerta de entrada sin mirar atrás, intentando que ningún baldazo me alcance. Abro y cierro rápidamente. Estoy a salvo. Con el mismo ritmo bajo los tres pisos. Las vecinas se fueron, menos mal. El telón cae, y la función termina.
El después me llena de tantas incertidumbres y tantas inseguridades que me asusta un poco. Ahora estoy conmigo, y hoy más que nunca, sé que no tengo que dejarme solo
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jueves 16 de abril de 2009

La ausencia

Trescientos veinticuatro, trescientos veinticinco, trescientos veintiséis… es inútil. Doy vueltas en la cama. En realidad hace horas que lo hago, creo que ya estoy totalmente rodeado por las sábanas. Atrapado por ese sin fin de hilos de algodón o vaya uno a saber qué combinación textil. Logro zafarme. Como puedo las extiendo. Un poco con los pies, otro poco con las manos. Me acomodo. Tengo sed, pero no me voy a levantar, seguro me despabilaría. Cambio la posición, quizás la fetal sea más cómoda. Dejo pasar diez minutos. Nada. Una vez mas mi intención por conciliar el sueño fracasa. Me reuso a abrir los ojos. Tomo la otra almohada y me la pongo encima de la cabeza. Me la saco. Me destapo. Me tapo. Cambio de lugar en la cama. Me pongo en el medio, en diagonal. Nada. Le pido, le ordeno, le exijo a mis ojos que no se abran. No!. Hacerlo atentaría contra el sacrificio que vengo haciendo desde hace horas. Sería cagarme en todas las ovejas, vacas y elefantes que llevo contados. Sería como comer ese cuartito de alfajor que echaría a perder mis semanas de dieta. No. Tengo que agarrarme de las pocas señales de sueño que me llegan, y estirarlas lo más que puedo, convencerlas de que se queden, de que acá la van a pasar bien. Vengan!
Mis ojos se dan por vencidos, dicen basta, hasta aquí llego mi amor, y los abro. Miro el techo. Me siento ciego, nada es claro, nada aparece frente a mis ojos. Se que estoy boca arriba porque siento la almohada debajo de la cabeza. De a poco la escasa luz que entra por las hendijas de la ventana comienza a dibujar la habitación. Son pinceladas de tonos oscuros, pero lo suficientemente claros para permitirme empezar a reconocer el espacio. Estoy un poco mareado, me siento como si me hubiesen molido a palos. Mis músculos no reaccionan, ninguna orden tiene signos de respuesta. No se si es problema del burro de arranque o qué, pero no hay caso. Aprovecho el desperfecto para intentar un último manotazo de ahogado. Giro ciento ochenta grados y quedo boca abajo. Así podría ser más cómodo. Desparramo las piernas por la cama, meto una mano debajo de la almohada y apoyo la cabeza sobre la mejilla derecha. Cierro los ojos una vez más. Dejo pasar unos minutos. Entiendo que ya no quedan campos donde meter más animales, así que decido repasar la letra de la escena que estoy preparando. Es peor, me subo al personaje y no puedo siquiera mantener la calma. Abro los ojos. Me pongo boca arriba y comienzo a recorrer la habitación. El cuarto es algo distinto, se ve distinto. La penumbra matiza todo y le da una armonía particular. Giro la cabeza y miro el reloj. Son las nueve de la mañana y apenas dormí unas pocas horas.
Hace tres días que tengo el doble de espacio en la cama, pero mi insomnio es directamente proporcional a su ausencia
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